El auge de los serenos en El Salvador coincidió con la llegada del alumbrado público en las calles capitalinas mediante velas de cebo y candiles.

El sereno es una figura que ya no existe en El Salvador, pero el término se utiliza coloquialmente para referirse a una persona que se dedica a la vigilancia, lo cual se relaciona con su origen en Europa y, posteriormente, en el país.
Su aparición en El Salvador
Según la Academia Salvadoreña de la Historia, «los ‘cuerpos de serenos’ o simplemente ‘serenos’ tuvieron su origen en el siglo XIX (1800-1899). Fueron de las primeras expresiones de una fuerza policial pública, asociada con la conservación del orden urbano y la seguridad de vidas y propiedades».
Los serenos llegaron a El Salvador como parte de las costumbres heredadas de España, relata el libro Crónicas de Oro, San Salvador, Tomo I.
Esta versión es apoyada por una publicación de National Geographic, que indica que los «serenos «aparecieron como tales en la España del último cuarto del siglo XVIII (1725-1799) y patrullaron por las calles» durante unos 200 años. Su origen fue en Valencia y portaban las llaves de todos los portales. Durante rondas que iniciaban a las 11:00 de la noche y terminaban a las 5:00 de la mañana, se ocupaban de dar la hora, así como de despertar a a ciertas horas de la madrugada a quienes así lo solicitaban, sobre todo pescadores.
Volviendo a la figura del sereno en El Salvador, su protagonismo en las calles capitalinas tomó fuerza a mediados de la década de 1840, cuando el territorio recién se había desligado de la Federación Centroamericana y San Salvador tenía a penas 15 años de haber sido fundada como ciudad.
El entonces presidente Francisco Malespín creó el Cuerpo de Policía Diurna y Nocturna. A los primeros les llamaban gendarmes y a los últimos, serenos.
Estaban equipados con un cañón corto llamado retaco y un sable, de acuerdo con el historiador militar Herard Von Santos, en el Estudio sobre los antiguos cuerpos de seguridad pública salvadoreños.
En esa misma época hizo su aparición el alumbrado público en la capital salvadoreña, para lo cual se requerían los servicios de los serenos, relata el libro Crónicas de Oro.



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